23/1/17

Gay Talese. El motel del voyeur


Gay Talese.
El motel del voyeur.
Traducción de Damià Alou.
Alfaguara. Barcelona, 2016.

“Compré este motel para satisfacer mis tendencias de voyeur y mi irresistible interés por todas las fases de la vida de la gente, tanto social como sexualmente, y para responder a la antiquísima pregunta de «cómo la gente se comporta sexualmente en la intimidad de su dormitorio».
A fin de lograr ese objetivo, compré este motel y lo dirigí yo mismo, desarrollando un método infalible para poder observar y escuchar las interacciones de las vidas de diferentes personas sin que se enteraran de que eran observadas. Lo hice tan solo por mi ilimitada curiosidad acerca de la gente, y no únicamente como si fuera un voyeur perturbado. Es algo que he hecho durante los últimos quince años, y he llevado un diario escrupuloso de la mayoría de individuos que he observado, compilando interesantes estadísticas sobre cada uno: qué hacían, qué decían, sus características individuales; edad y complexión; región de procedencia, y comportamiento sexual.”

Todo empezó con esa carta anónima que Gerald Foos dirigía desde Denver el 7 de enero de 1980 a Gay Talese, fundador del Nuevo Periodismo norteamericano junto con Thomas Wolfe. Talese estaba a punto de publicar La mujer de tu prójimo cuando se desplazó a Denver para ver con sus propios ojos el laborioso sistema de observación que estaba usando aquel hombre desde 1966, el año que Truman Capote abrió un nuevo camino en la narrativa con A sangre fría, que inauguraba la Non fiction novel.  

Y confluyendo con ella, a mediados de aquellos años 60 se producía la aparición del nuevo periodismo. Precisamente en 1966, en abril, Talese publicaba en Esquire su memorable perfil 'Frank Sinatra está resfriado' -“Sinatra con un resfriado es Picasso sin pintura, Ferrari sin gasolina—pero peor.”-, que para muchos especialistas es el punto de partida del Nuevo Periodismo, un modelo de la renovadora forma de escribir reportajes.

A partir de ese momento se busca un espacio de comunicación entre esas dos orillas, la de la narrativa y la del periodismo, que afirma su voluntad de estilo, otorga profundidad a la mirada de la primera persona y reivindica el uso de las técnicas narrativas en el reportaje.

La confluencia de ambas modalidades en ese espacio común deja un hueco propicio a la indefinición entre la realidad y la ficción. Indefinición que flota sobre El motel del voyeur, de Gay Talese, que arranca con este párrafo: “Conozco a un hombre casado y con dos hijos que hace muchos años se compró un motel de veintiuna habitaciones cerca de Denver a fin de convertirse en su voyeur residente.”

Treinta y seis años después de aquella carta y aquella visita a Gerald Foos y al motel, Talese publicó el año pasado este libro que acaba de editar Alfaguara con traducción de Damià Alou.

El motel del voyeur es una obra periodística que maneja en su construcción recursos característicos de la ficción narrativa, huellas de la técnica novelística de inserción del manuscrito encontrado, porque Talese reproduce y comenta el Diario de un voyeur, “un fajo de páginas manuscritas de diez centímetros de grosor".

Y su protagonista, que espía a sus clientes a través de las rejillas de ventilación instaladas en un falso techo, convoca en el lector el recuerdo del protagonista de El infierno, de Henry Barbusse, o de Norman Bates, el dueño del motel de Psicosis.

Y Talese se plantea antes que nada las razones de la escritura de ese diario: “¿por qué ha puesto todo esto por escrito? ¿No le basta a un voyeur con el placer y la sensación de poder que experimenta sin tener que anotarlo? ¿Es que los voyeurs a veces necesitan escapar de la soledad prolongada delatándose ante los demás (como había hecho Foos primero con su mujer y luego conmigo), y después buscan un público más amplio para revelarse como escribas anónimos de lo que han presenciado?”

La curiosidad obsesiva del personaje, que crea un laborioso sistema de observación, tiene un primer origen en su adolescencia de mirón y en sus fijaciones onanistas, pero se funda también en la sensación de poder que le dan esas observaciones secretas que Talese va reproduciendo en cursiva. 

Desde un desván convertido en “laboratorio de observación”, Foos anotó entre 1966 y 1980 lo que ocurría en las habitaciones del motel: sexo oral, masturbaciones, homosexualidad, tríos, sexo en grupo, intercambio de parejas...

Y tras la minuciosa descripción de lo que ve, siempre hay una conclusión que disfraza de investigación sociológica acerca de las costumbres sexuales de sus clientes, porque –escribe Talese- “Foos era un narrador inexacto y poco fiable, pero sin duda fue un voyeur épico.” 

Hace más de un siglo, en 1908, Henri Barbusse publicaba El infierno, una novela escandalosa que tuvo una acogida espectacular entre los lectores. Se vendieron 200.000 ejemplares de la primera edición de aquella obra que reeditó en España Rey Lear hace diez años con traducción de Juan Victorio.

El infierno era el relato de un mirón que escrutaba por un agujero en la pared de una destartalada pensión lo que hacían los huéspedes de la habitación vecina. 

La semejanza con El motel del voyeur es más que notable, aunque no es necesario ni probable que Talese haya leído El infierno. 

El hilo que relaciona los dos títulos no es la lectura, sino algo más profundo: la instintiva tendencia a ejercer el voyeurismo, y no sólo en el terreno morboso de las relaciones sexuales, como ya demostró Vélez de Guevara con su diablo cojuelo que levantaba los tejados de las casas madrileñas.

Mirar secretamente al otro, escuchar sus conversaciones, entrar en su vida,  invadir furtivamente su espacio privado sin que él lo sepa es un atavismo que seguramente explica también la afición a leer novelas, diarios o la correspondencia personal en un juego de espejos en el que el lector se hace inevitablemente cómplice y se convierte él mismo en un mirón, a medio camino entre el deseo y la vergüenza. 

En la perspectiva de ese atavismo fisgón al que responden los diarios que le sirven de base a Talese, importa poco que haya dosis considerables de imaginación. O que el dueño del motel disimule sus propósitos masturbatorios con un interés sociológico o los recubra de una capa de estadística sexológica sobre la frecuencia del uso de consoladores o del sexo oral.

Lo verdaderamente significativo es que bajo esa superficie morbosa, como en El infierno, lo que acaba por emerger es la soledad y la sordidez de los personajes que miran y de los que son mirados.

Santos Domínguez

20/1/17

Álvaro de Campos. Obra completa



Álvaro de Campos. 
Obra completa.
Edición de Jerónimo Pizarro y Antonio Cardiello.
Traducción y notas de Eloísa Álvarez.
Clásicos Contemporáneos. Pre-Textos. Valencia, 2016.

“No sé quién soy, qué alma tengo.
Siento creencias que no tengo. Me arroban ansias que repudio. Mi perpetua atención sobre mí perpetuamente me denuncia traiciones del alma a un carácter que quizás no tenga, ni ella cree que tengo.
Me siento múltiple. Soy como un cuarto con innumerables espejos fantásticos que dislocan reflejos falsos, una única anterior realidad que no está en ninguno y está en todos.
Como el panteísta se siente árbol, y hasta su flor, yo me siento varios seres. Me siento vivir vidas ajenas.”

Así explicaba Fernando Pessoa la heteronimia de sus textos, el drama em genteque vertebra su obra. De los poemas del más famoso de esos heterónimos, Álvaro de Campos, ingeniero naval en paro formado en Glasgow, poeta futurista y complejo, decía Ricardo Reis que “son un derramarse de emoción. La idea sirve a la emoción, no la domina.”

“Vivir es pertenecer a otro”, escribía Campos, un nihilista al que Pessoa transferirá su propia desazón existencial, su relación conflictiva con la vida, el amor, el sexo o la muerte.

Sensacionista y discípulo de Caeiro, es el autor de Tabacaria, quizá el más memorable de los poemas de ese "diálogo en familia" que establecen entre sí los heterónimos de Pessoa: "No soy nada. / Nunca seré nada."

Entre la Oda triunfal, urbana y vanguardista, escrita en Londres en junio de 1914 -"A la dolorosa luz de las grandes bombillas de la fábrica / tengo fiebre y escribo"- y el último poema -"Todas las cartas de amor son / ridículas"-, fechado el 21 de octubre de 1935, un mes antes de la muerte de Pessoa, llevan también la firma de “ese extraño e intenso poeta”, como lo definió su autor, algunos de sus mejores poemas: Oda marítima, Lisbon Revisited, Al volante del Chevrolet por la carretera de Sintra o Callos al estilo de Oporto. 

La edición bilingüe que acaban de publicar en Pre-Textos Jerónimo Pizarro y Antonio Cardiello, con traducción y notas de Eloísa Álvarez, reúne por primera vez en un volumen, ilustrado con cuarenta y siete fotografías y reproducciones de manuscritos y mecanoscritos, la Obra completa en verso y prosa de Álvaro de Campos.

Un heterónimo que, en palabras de los editores es "un vagabundo, un marginal, un intruso; es el que se niega a ser como los otros («¿Me queríais casado, fútil, cotidiano y tributable?»), el que reniega de cualquier clasificación o confinamiento."

Santos Domínguez

18/1/17

Ferlosio. Babel contra Babel



Rafael Sánchez Ferlosio.
Ensayos 3
Babel contra Babel.
Edición de Ignacio Echevarría.
Debate. Barcelona, 2016.

“Desde que el ilustrísimo señor obispo de Córdoba tuvo la fecunda idea de aprovechar su amistad personal con el emperador para venderle la sangre de Jesús Nazareno a cambio del imperio, la Iglesia romana, salvo honrosas y emocionantes excepciones medievales, se ha interesado siempre mucho más por las leyes que por las conciencias.”

Así comienza “Tibi dabo”, un artículo de 1980 que abre la primera parte de Babel contra Babel, el tercer volumen de los ensayos de Rafael Sánchez Ferlosio, que publica Debate.

Están en esas líneas algunos de los ejes temáticos que vertebran este volumen en el que se agrupan artículos y ensayos unidos por el tema de la guerra y la política internacional y organizados por el responsable de la edición, Ignacio Echevarría, que explica así el título: “El título de este volumen repite el de uno de los artículos que contiene, «Babel contra Babel» (1990), donde se plantea un esclarecedor y decisivo contraste entre «la antigua y auténtica ética de guerra» y la «ética universalista» que en la actualidad justifica y fomenta un constante aprovisionamiento de armas y que, «por impulso de su propio absolutismo», tiende a invertir el sentido de sus designios declarados, abocándonos a una «directa regresión a la barbarie».”

Organizado en ocho secciones -Asuntos internacionales, De re militari, Sobre la guerra, I; Sobre la guerra, II; La primera guerra de Irak, La segunda guerra de Irak, Últimos partes Apuntes de polemología, que podría haber servido también de título de esta recopilación- en sus páginas aborda Ferlosio  episodios como la guerra de las Malvinas, la situación en Oriente Medio, las dos guerras de Irak o las políticas exteriores de Estados Unidos o del Vaticano.

Se recogen en este tomo ensayos como La hija de la guerra y la madre de la patria, o Carácter y destino y artículos fundamentales como "Las guerras por-si-acaso", "Hipótesis de Faluya" o "Historia e identidad", convertido en esta edición en prolegómeno a Apuntes de polemología.

Un volumen espléndidamente anotado por Ignacio Echevarría y que se cierra con un anexo, “O religión o Historia”, que resume el espíritu de los textos de este libro y sus motivos esenciales, articulados en torno al tema de la guerra. 

Porque, como escribía en “Las azoteas de Damasco”, un artículo de 1992 que se recupera como prefacio de este tomo, “uno no dejará de preguntarse nunca qué es la guerra. ¿Es el terrible flagelo de las gentes, la agonía de los hombres, el terror de las madres y de las esposas, el diezmador o destructor de las familias, el desamparo y la miseria de viudas y de huérfanos? ¿O es la exultante autorrealización y autocumplimiento de los pueblos, el momento de la suprema plenitud colectiva para la comunidad que los integra?”

Santos Domínguez

16/1/17

Cartas boca arriba


Antonio Buero Vallejo. Vicente Soto 
Cartas boca arriba. 
Correspondencia (1954-2000)
Fundación Banco Santander. 
Colección Obra Fundamental. Madrid, 2016.

“Si tus sueños de creación no han cuajado ahí –todavía-, no pienses que aquí habrían cuajado más. Los españoles que salen adelante, si salen, son los que emigran. Así lo pienso, aunque yo –todavía- sueñe con salir adelante sin hacerlo. ¡Y ahora, un gigantesco pedo por todas las amarguras y frustraciones! ¡Ni aquí, ni ahí, han podido con nosotros! ¡Que el 67 te sea propicio!”, escribía Buero Vallejo desde Madrid el 23 de diciembre de 1966 en una carta dirigida a su amigo Vicente Soto, residente en Londres desde 1954 y que sólo unas semanas después, a comienzos de enero, ganaría el Nadal con la novela La zancada.

Esa es una de las cartas que, para conmemorar el centenario del nacimiento de Antonio Buero Vallejo (1916-2000), publica la Colección Obra Fundamental de la Fundación Banco Santander en el volumen Cartas boca arriba. Correspondencia (1954-2000), un libro que recoge más de doscientas cartas que cruzaron el dramaturgo y el narrador Vicente Soto (1919-2011), un raro casi desconocido aunque ganó el Nadal y publicó algunas novelas sin resonancia crítica ni gran acogida entre los lectores.

Con un título que es un homenaje a una obra de Buero, Las cartas boca abajo, esta correspondencia va más allá del mero testimonio de una amistad. Es un recorrido por parte de la intrahistoria literaria, de las postergaciones en el negociado literario que se mueve entre intrigas, envidias y competencias desleales, vanidades y frustraciones que afectan tanto al escritor que quiere abrirse camino como al ya consagrado que era Buero, que insistía en la necesidad de “escribir, crear, confiar, mientras suspiramos con melancolía porque el planeta nos desconoce y juega al fútbol.”

Son dos amarguras superficialmente distintas, pero solidarias y complementarias, que se mueven entre la intimidad amistosa y la vida literaria, entre lo público y lo cotidiano, entre lo familiar y lo profesional. Dos biografías cruzadas en el encuentro de dos miradas: la de Buero desde dentro de España, la de Soto desde fuera.

Recopiladas y seleccionadas por Domingo Ródenas, que ha puesto al frente del volumen una introducción sobre la amistad de aquellos dos “cofrades lisboetas” que se conocieron en la tertulia del Café Lisboa y que intercambiaron más de cuatrocientas cartas desde que Soto emigró por razones económicas a Londres. Una correspondencia tan caudalosa que ha obligado al editor a eliminar la mitad para que no se desbordara un volumen que supera el medio millar de páginas.

Por eso mismo, Ródenas ha organizado la correspondencia entre Buero y Soto en cinco tramos cronológicos precedidos de sendas introducciones que contextualizan las cartas de cada uno de esos periodos, desde la primera, del 5 de diciembre de 1954, a la última de Vicente Soto, fechada el 30 de abril de 2000, un día después de la muerte de Buero, y dirigida a la viuda y el hijo del dramaturgo, que había escrito poco antes alguna tarjeta ya casi ilegible.

Santos Domínguez

13/1/17

Elizabeth Bishop. Poesía completa


Elizabeth Bishop.
Obra completa.
Poesía.
Edición bilingüe.
Traducción de Jeannette L. Clariond.
Vaso Roto Esenciales. Madrid, 2016. 

Como “un mar inmóvil siempre en movimiento” define Jeannette L. Clariond la voz poética de Elizabeth Bishop (1911-1979) en el espléndido prólogo que ha escrito para presentar su traducción anotada de la poesía completa de la autora estadounidense en un cuidado volumen que acaba de publicar Vaso Roto en edición bilingüe.

Además de Norte y sur, Una fría primavera, Cuestiones de viaje y Geografía III, los cuatro libros que publicó entre 1946 y 1976, se incorporan a esta edición catorce poemas inéditos en libro. Y en un apéndice, una selección de veintisiete manuscritos que se reproducen en facsímil para que el lector pueda apreciar el trabajo de corrección de aquellos originales que Elizabeth Bishop no llegó a publicar.

Una serie de penosas circunstancias familiares crearon en ella una sensación de desarraigo que atraviesa toda su obra y que se reconoce incluso en sus títulos ligados más a lo especial que a lo temporal. 

Y ligada a ese desarraigo, como su consecuencia más directa, la búsqueda de una identidad problemática y de una composición de lugar que se resuelve en la construcción de su propia geografía en el lugar fronterizo que une lo exterior y lo interior, la percepción y la reflexión, lo horizontal y lo hondamente vertical. 

Una geografía interior en la que –explica la editora- “perspectiva y percepción son los dos ríos que confluyen en el presente de su voz. La perspectiva como el registro de distancias espaciales, la percepción como la fluidez del pasado adentrándose en el presente.” 

Nunca hay en estos textos, hijos del desamparo y de las preguntas, desbordamientos emocionales ni patetismo gesticulante. Al contrario, su preferencia por las formas estróficas cerradas le sirve para disciplinar sus versos en una dicción contenida que aspira siempre a la precisión y huye de la exposición directamente autobiográfica. 

Es lo que ocurre en el que quizá sea su mejor poema, 'El arte', un texto de su último libro, un balance de pérdidas que comienza con un verso -“No es difícil dominar el arte de perder”- que resume el sentido de su poesía. 

Una poesía que vive más en la espera que en la esperanza y no aspira a mucho más que a la indulgencia del tiempo.

Santos Domínguez

11/1/17

Industrias y andanzas de Alfanhuí



Rafael Sánchez Ferlosio.
Industrias y andanzas de Alfanhuí.
Ilustraciones de Asen Stareishinski.
Literatura Random House. Barcelona, 2016.

El 13 de diciembre de 1950 terminaba Rafael Sánchez Ferlosio su primera novela. Su última frase –"Alfanhuí vio, sobre su cabeza, pintarse el gran arco de colores"- culminaba la que, en palabras de Ignacio Echevarría, es una “novela insólita e inclasificable, mezcla de relato de formación y retablo de maravillas, escrita con una prosa prodigiosa, de originalísima imaginería, y dotada del encanto intemporal de las viejas narraciones.”

Una novela excepcional en todos los sentidos. Además de por su calidad literaria y su potencia imaginativa, por su singularidad, porque no hay nada comparable en la narrativa española a las Industrias y andanzas de Alfanhuí por su naturalidad en el tratamiento de lo maravilloso, por su incorporación de lo fantástico en lo cotidiano.

Novela itinerante, con rasgos de novela picaresca, elegía de la infancia, precedente del realismo mágico... Son algunas muestras de los intentos de caracterización de un relato que se resiste a la simplificación del rótulo.

Alfanhuí es, sobre todo, una novela de la mirada. Desde la significativa cita inicial de Mateo 6,22, “La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo es puro, todo tu cuerpo será luminoso”, hasta la luz del arco iris que cierra la novela, la mirada y el color son los hilos conductores de una narración organizada en tres partes que cierran la muerte o la ceguera.

Industrias al principio y andanzas luego. Guadalajara, Madrid, Moraleja. El gallo de veleta  y el maestro taxidermista que pone al protagonista su nombre, una onomatopeya del grito de los alcaravanes, porque, como ellos, tiene los ojos amarillos; don Zana, la marioneta, y la pensión de doña Tere; la abuela, febril incubadora de huevos de gallina; la muerte venerable del buey Caronglo...

Son algunos de los inolvidables episodios que van alimentando una sabiduría que a Alfanhuí le entra por los ojos de su mirada infantil a lo largo de una obra de la que Ferlosio escribía en 2001, a los cincuenta años de haberla publicado: “puedo salvar todavía el ingenio de ciertas ocurrencias y hasta la felicidad de algunos hallazgos de invención.”

Entre ellos, con la textura de una prosa sólida y a la vez delicada del sabio contador de historias, la aventura del viento remoto y la flauta que toca silencios o los jardines de la luna y el sol.

Con ilustraciones de Asen Stareishinski, la recupera en una magnífica edición en tapa dura Literatura Random House.

Santos Domínguez

9/1/17

A través del espejo



A través del espejo.
Antología a cargo de Andrés Ibáñez.
Atalanta. Gerona, 2016.

'Los cristales esquivan la magia del reflejo', escribía Lorca en la Oda a Salvador Dalí. Es inevitable el recuerdo de ese verso al leer el espléndido ensayo -'Ver mi rostro'- que ha escrito Andrés Ibáñez como introducción a la antología A través del espejo, que publica Atalanta.

Una introducción en la que Ibáñez evoca los antiguos espejos oscuros, los espejos sin reflejos que servían más para ocultarse o para desaparecer como Alicia más que para mirarse en ellos. Desde la obsidiana azteca al cobre egipcio, desde el espejo de agua de Narciso hasta el espejo mágico de la fuente cristalina en la que se mira la amada en el Cántico sanjuanista.

Desde los espejos órficos y dionisiacos a los espejos medievales y renacentistas, desde los espejos curvos y los cristales opacos de la antigüedad a los espejos planos y aún turbios, quien se miraba en ellos reflejaba la vanidad o el autoconocimiento, la locura o la cordura, el engaño a los ojos o la verdad profunda de sí mismo.

Entre la mitología y la pintura, entre la filosofía y la literatura, ese prólogo propone un recorrido demorado por la presencia de los espejos a lo largo de la tradición cultural y por el malestar ante la mirada, por la inquietud o el pánico ante la magia profunda de los espejos, por las sombras verticales y los reflejos en el agua.

Ese estudio introductorio es la puerta de entrada de esta “antología de relatos y fragmentos en torno al tema de los espejos”. Desde el espejo de Narciso en las Metamorfosis de Ovidio hasta los repetidos espejos de los relatos de Goran Petrović, una narrativa del espejo que recoge cuentos memorables de Hoffmann y de Poe, de Lovecraft y Lugones, de Bioy y Borges, de Papini y Danilo Kiš, de Chesterton y Virginia Woolf, que se miraron en los espejos para entenderse o para ocultarse, para reflexionar o para conjurar sus miedos.

Santos Domínguez

6/1/17

Rilke. Cuarenta y nueve poemas




Rainer Maria Rilke. 
Cuarenta y nueve poemas.
Selección, traducción e introducción de Antonio Pau. 
Editorial Trotta. Madrid, 2014.

“Esta es mi lucha: / consagrado al anhelo / andar errante a través de los días. (...) y a través del dolor / madurar lejos, más allá de la vida, / más allá del tiempo,” escribía Rilke en Adviento, un libro de 1897. 

Es uno de los Cuarenta y nueve poemas que Antonio Pau seleccionó y tradujo en una antología que llega ya a su tercera edición en Trotta y que es desde hace años una referencia imprescindible entre las traducciones al español de un poeta fundamental que ha tenido excelentes traductores en el ámbito hispánico, de Jaime Ferreiro Alemparte a Juan Andrés García Román pasando por José María Valverde.

La selección de Antonio Pau abarca treinta años, de 1896 a 1926, y es una muestra unitaria y significativa de un Rilke esencial a través de la evolución matizada en sus tres etapas creativas: sentimental, objetiva y visionaria.

Con una armonía y una transparencia esencialmente asociadas a la poesía de Rilke, la versión de Antonio Pau une a la fidelidad al original la precisión verbal y la búsqueda de la forma interior que da coherencia al mundo poético rilkeano en unos poemas que han sido elegidos no sólo por su representatividad, sino por su aptitud para mantener la sonoridad en la versión española, “sin incurrir – explica el traductor- en recreación –que sería osadía- ni en literalidad – que sería empobrecimiento.” 

Una serena música brota del interior de estos textos que completan una antología muy selecta y muy representativa que tiene como eje tres obras centrales -El Libro de Horas, El libro de las imágenes y los Nuevos poemas- en una trayectoria que culminan las elegías duinesas y los Sonetos a Orfeo y que cierra el poema final, que Rilke escribió pocos días antes de morir: “Ven, tú, el último, a quien reconozco, /dolor incurable que se adentra en la carne /.../ ¿Soy yo aún / quien arde, ya irreconocible? / No puedo adentrarme en los recuerdos. / Oh vida, vida: tendría que estar fuera. / Pero estoy dentro, en llamas. Ya nadie me conoce.”

Un dato elocuente, que habla de la eficiencia de la traducción: más de un lector se sorprenderá leyendo estos textos en voz alta, lo que indica que Antonio Pau ha conseguido dotar a estos textos en español de una modulación sonora que parece brotar de ese mundo interior de Rilke, que se mueve sutilmente entre lo visible y lo invisible, entre lo sensorial y lo conceptual, entre lo tangible, lo soñado y lo intuido.

Santos Domínguez

4/1/17

Galdós en sus textos


Francisco Estévez.
Galdós en sus textos.
Anejos Siglo diecinueve. 
Valladolid, 2016.

“Su obra continúa presente con firmeza en el horizonte literario, poco la transpone al pasado pues se inclina de lleno al futuro hacia donde mira sin impedimento. Es con mucho un clásico sin desdoro, el segundo de mayor altura sólo tras Miguel de Cervantes”, escribe Francisco Estévez a propósito de Galdós en el prefacio de Galdós en sus textos, un volumen que reúne diversos asedios críticos al autor, a su pensamiento y a su obra.

A cada uno de esos objetivos se dedican las tres partes de esta monografía, ejemplar en su integración de perspectivas que permiten repasar el camino intelectual y la conciencia artística del novelista, su voluntad creativa para novelar la historia y la sociedad en un camino que va del pensamiento a la literatura, de la ideología al personaje, del reflejo de la vida en la ciudad a la necesidad de elaborar artísticamente un lenguaje eficaz para la narración y los diálogos.

Ese es seguramente el mayor mérito de estos estudios: su capacidad para dar una visión global de las ideas de Galdós sobre la novela, de su integración de teoría y práctica en medio siglo de creación, de los contextos ideológicos y literarios, éticos y estéticos sobre los que se sustenta una literatura que -explica Francisco Estévez- “incita tanto como inquieta, pues descubrimos en ella un fértil y continuo diálogo con la sociedad de su tiempo.” 

La historia novelada en los Episodios Nacionales, la técnica novelesca de Tristana, los contextos sociales de los que surge la serie de Torquemada como símbolo de la evolución de la burguesía española o la importancia de la economía en la difícil relación entre moral y dinero en Misericordia son algunos de los aspectos que abordan los distintos capítulos de este libro.

Un análisis retrospectivo y prospectivo que pretende completar con una mirada integradora las abundantes lecturas de la novela galdosiana, obra de un autor consciente de su técnica, en la que aunó la exigencia ética y estética para huir de lo acomodaticio y someter su obra a una evolución constante.

Porque, como señala Francisco Estévez, “el deseo de penetrar, investigar y razonar la esencia de la sociedad española de su tiempo fundamenta su creación con un programa de trabajo exigente.” 

Santos Domínguez

2/1/17

Socotra


Jordi Esteva.
Socotra.
Atalanta. Gerona, 2016.

Hace cinco años, Jordi Esteva publicaba en Atalanta un espléndido libro: Socotra, la isla de los genios, que era el resultado de su experiencia en esa isla anclada en el Índico, al sudeste de la Península Arábiga, a la salida del Golfo de Adén.

Un lugar mágico poblado por una fauna de otra época, de un tiempo mitológico en el que los griegos tenían esta isla como patria del Ave Fénix. Un lugar en el que crece una vegetación no menos mitológica de la que forman parte la mirra, en cuyas brasas ardía aquel pájaro inmortal, o el incienso de los ritos y las momias faraónicas, o el drago, el árbol de la sangre del dragón cuya savia roja usaban los gladiadores para embadurnarse los músculos. O el áloe que buscaba Alejandro porque cicatrizaba las heridas del combate.

Un lugar como ese, con bosques de incienso sobre los que vuela el ave Roc de Las mil y una noches, solo puede describirse dosificando adecuadamente, como hace Jordi Esteva, la fantasía y la realidad, la historia y la ficción. 

Esa mezcla difusa estaba también en las abundantes y magníficas fotos -Esteva es fotógrafo además de escritor- que reflejan con una luz casi irreal, con la luz tenue del sueño, su mirada a una isla sagrada para los griegos, porque en ella había erigido Zeus su propio templo y en sus cumbres había tenido su trono Urano, el dios primordial, abuelo de Zeus y padre de Cronos.

Entre el sueño y la realidad, entre África y Asia, entre la historia y la leyenda, entre la geografía y la literatura, entre la biología y la magia, Jordi Esteva relataba así un viaje a la infancia del mundo y al paisaje de las llanuras de Caín, un viaje que transforma la mirada y la sensibilidad del viajero, que vuelve siendo otro.

Cinco años después Jordi Esteva publica en la misma editorial un nuevo volumen, Socotra, que es el resultado de varios viajes de regreso a aquella isla, porque, como explica en su introducción, “pasados unos pocos años me invadió la nostalgia. Recordaba los espacios abiertos, la extraña vegetación, las montañas de granito que se elevaban como dedos suplicantes hacia el cielo. Echaba en falta el dormir bajo las estrellas junto a aquellos pastores que aún estaban en contacto con un mundo primigenio. Pero sobre todo quería visitar a los personajes que ya conocía. Durante mis viajes había ido fraguando amistad con los jeques de las montañas y sus familias. Quería volver a escuchar, alrededor de un fuego, las historias de animales fabulosos y de yins. Tenía ganas de volver a fotografiar, pero esta vez me decidí a rodar al mismo tiempo una película. Naturalmente en blanco y negro, siguiendo la estética de las fotografías ya realizadas. Me acompañaron Abdul-raooq Abdullah y su tío Ahmed Ben Afrar, hijo póstumo del último sultán de Socotra. Y viajé tres veces más a la isla. Feliz. Filmando y fotografiando.”

Y así, si en aquel libro tenía más peso el texto que las imágenes, en este hay un mayor despliegue gráfico que lo convierte en un libro visual sobre los paisajes de la isla y sus pobladores, en un álbum espectacular que completa un DVD con la película Socotra, que rodó el viajero, fotógrafo y escritor Jordi Esteva en blanco y negro, con la misma estética que se desprende de las fotografías, que enriquecen textos breves e intensos.

Con una cita inicial de Malcolm Lowry, que la evocó en Bajo el volcán, es un documental espectacular de algo más de una hora que tiene como hilo conductor el viaje de una caravana de camelleros hacia las cumbres montañosas de la isla. En el trayecto se van sucediendo los pedregales y las aguas corrientes, los valles y las alturas agrestes, los dragos y las palmeras. Y en los descansos, los contadores de historias tradicionales, de relatos orales sobre diabólicos genios femeninos y serpientes.

Santos Domínguez